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Desmotivación en la adolescencia: cuando nada te mueve y no sabés por qué

Actualidad hace 2 años

Desmotivación en la adolescencia: cuando nada te mueve y no sabés por qué

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Hay una forma de estar en la adolescencia que no es depresión ni crisis visible. No hay un derrumbe ni un momento dramático. Es algo más silencioso: una sensación de que nada termina de enganchar, de que los días pasan sin pena ni gloria, de que lo que entusiasma a otros a vos te deja más o menos indiferente. Todo está bien, en teoría. Y sin embargo, algo falta.

Eso tiene un nombre: desmotivación. Y la primera cosa que vale la pena decir es que no significa que algo esté roto en vos.

No es que no querés nada

Hay una diferencia importante entre no querer nada y no haber encontrado todavía qué querés. La desmotivación en la adolescencia casi siempre es lo segundo, aunque se sienta como lo primero.

Mateo llegó al consultorio con esa sensación. Hablaba de su semana con un tono plano, como si estuviera describiendo algo que le pasaba a otro. No tenía quejas grandes ni problemas concretos. Simplemente nada lo encendía. Las actividades que hacía las hacía porque había que hacerlas. Los planes que tenía los tenía porque alguien los había propuesto. Nada venía genuinamente de él.

Lo que le pasaba a Mateo no era que carecía de deseo. Era que su deseo no había encontrado todavía dónde anclarse. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque desde adentro se sientan igual.

Por qué pasa esto

La desmotivación en la adolescencia tiene que ver, en muchos casos, con una adaptación que se fue haciendo demasiado prolija. Hacer lo que se espera, responder lo que se pregunta, comportarse como corresponde. Eso tiene un costo que no siempre se ve de inmediato: cuando uno se adapta demasiado a lo que el mundo externo pide, pierde contacto con lo que genuinamente le interesa. Y cuando se pierde ese contacto, todo empieza a sentirse igual de neutro.

No es que hayas elegido esto. Es algo que fue pasando de a poco, sin que nadie lo decida. La escuela, la familia, las expectativas sociales van moldeando un modo de estar donde lo propio queda en segundo plano. Y en algún punto, cuando alguien te pregunta qué querés, la respuesta honesta es: no sé. No porque seas vago o inmaduro — sino porque nunca tuviste mucho espacio para averiguarlo.

Lo que no ayuda

Cuando alguien está desmotivado, la respuesta más frecuente del mundo adulto es empujarlo hacia afuera: probá esto, anotate en aquello, hacé algo. Y a veces eso ayuda — la acción puede abrir algo que la reflexión no abre. Pero hay una trampa: si lo que se prueba es siempre lo que otros sugieren, lo que se espera, lo que "estaría bien" hacer, el ciclo se repite. Más adaptación, menos contacto con lo propio.

Lo mismo pasa con la motivación forzada. Decirse "tengo que entusiasmarme" no produce entusiasmo — produce una actuación del entusiasmo que cansa más que el desinterés original.

Lo que sí ayuda

Hay preguntas que son más útiles que "¿qué te gusta?" cuando estás desmotivado. Porque cuando nada te mueve, esa pregunta no tiene respuesta y eso frustra más.

Preguntas más útiles: ¿Hubo algo, en algún momento de tu vida, que te haya enganchado aunque sea un poco? ¿Hay algo que rechazás con convicción — algo que definitivamente no querés? ¿Hay alguna actividad donde el tiempo pasa diferente, aunque no la llames pasión?

Esas preguntas no buscan una vocación ni un proyecto de vida. Buscan una pista. Un hilo del que tirar. Porque la motivación no aparece de golpe ni en respuesta a una decisión. Aparece cuando algo empieza a resonar — y eso requiere contacto con lo propio, no con lo esperado.

La desmotivación dice algo

Si nada te mueve, eso no es una señal de que estás roto. Es una señal de que todavía no encontraste qué te mueve — o de que lo que encontraste no es tuyo sino de otro. Las dos cosas son trabajables. Las dos tienen salida.

Mateo, con el tiempo, empezó a encontrar pistas. No llegó un día con la respuesta clara — llegó con algo más pequeño: una actividad donde había perdido el registro del tiempo, una conversación que lo había enganchado más de lo habitual, un rechazo fuerte hacia algo que le permitió empezar a delimitar lo que sí quería. Eso no es poco. Eso es, muchas veces, el comienzo.

La desmotivación no es el final del proceso. Es, casi siempre, el punto desde donde empieza.

¿Todavía tenés dudas?

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