El burnout no siempre llega por haber elegido mal. A veces llega por haber sostenido demasiado tiempo una posición que no fue elegida del todo.
El burnout no le ocurre por igual a cualquiera en cualquier trabajo. Le ocurre, con particular frecuencia, a personas que no pueden dejar de esforzarse en algo que en algún punto dejó de tener sentido, o que nunca lo tuvo del todo. Eso no es un problema de condiciones laborales solamente. Es un problema de posición subjetiva. Y esa distinción cambia completamente lo que sigue.
Según una encuesta realizada en noviembre de 2023 por Bumeran con datos de más de 1.500 trabajadores argentinos, Argentina lidera el ranking mundial de burnout: el 94% de los encuestados reportó padecerlo en algún grado. El número es llamativo. Pero lo más llamativo no es el número sino lo que nadie pregunta cuando lo lee: ¿por qué tanto?
La respuesta más frecuente apunta a factores externos. La cultura laboral intensiva, la inestabilidad económica crónica, la falta de políticas de prevención, las jornadas que no terminan. Todo eso existe y tiene peso real. Pero hay algo que esa explicación deja sin tocar.
El mandato que nadie reconoce como mandato
Hay una frase que circula con tanta naturalidad que ya no suena como lo que es: trabajá en lo que te apasiona. La escuchamos en charlas TED, en consejos de orientación, en perfiles de LinkedIn. Es tan ubicua que parece una verdad neutral, casi una ley natural.
No lo es. Es un mandato. Y como todo mandato, tiene un efecto paradójico: en lugar de liberar, exige.
Lacan lo planteó con precisión en el Seminario 20: a diferencia de lo que se suele pensar, el superyó no prohíbe —ordena gozar. Nadie está obligado a disfrutar de lo que hace, salvo por esa voz interna que no da tregua y que convierte el goce mismo en un mandato. Trasladado al mundo del trabajo contemporáneo, ese imperativo suena así: no alcanza con trabajar —hay que apasionarse. No alcanza con hacerlo bien —hay que amarlo. Y si no lo amás, algo está mal en vos.
Ese mandato no protege del burnout. En muchos casos, lo produce.
Porque quien trabaja bajo ese imperativo no puede detenerse cuando está agotado —detenerse sería admitir que no hay pasión, que el trabajo no lo moviliza, que algo falló en la elección o en él mismo. Entonces sigue. Y sigue. Hasta que el cuerpo o el ánimo dicen basta de una manera que ya no tiene vuelta atrás.
¿Es el burnout solo un problema de condiciones de trabajo?
No exactamente. Las condiciones importan, pero no explican por qué dos personas en el mismo puesto, con el mismo jefe y el mismo sueldo, tienen experiencias radicalmente distintas. Lo que varía no es solo el contexto: es la relación que cada una tiene con lo que hace. Y esa relación tiene una historia que empieza mucho antes del trabajo actual.
El problema anterior al trabajo
Hay personas que llegan al burnout habiendo elegido bien —en el sentido técnico del término: están en el campo que les interesaba, hacen lo que estudiaron, ocupan un lugar que otros envidiarían. Y aun así están agotadas de una manera que no se explica solo por la carga horaria o el mal jefe.
Lo que muchas veces se encuentra debajo de ese agotamiento no es la carrera equivocada. Es una posición que no fue del todo elegida —la posición del que siempre rinde, del que nunca alcanza, del que tiene que demostrar algo que nadie le pidió explícitamente pero que siente como una deuda permanente. Esa posición se instala antes de entrar al mercado laboral. A veces viene de la historia familiar, a veces de una identificación con una figura que había que alcanzar, a veces del único modo disponible de obtener reconocimiento.
El trabajo no la crea —la activa. Y cuando la activa, el mandato de la pasión la amplifica: si no alcanza con trabajar mucho, hay que trabajar con entusiasmo. Si el entusiasmo decae, hay que recuperarlo. Si no se recupera, algo está fallando —y la pregunta que aparece no es "¿qué me está pasando?" sino "¿qué tengo mal yo?"
Ese movimiento —de la pregunta por la situación a la pregunta por el déficit propio— es exactamente lo que el burnout produce en quienes lo padecen. Y es también lo que lo sostiene.
Lo que el agotamiento dice
El burnout no es solo cansancio acumulado. Es una señal de que algo en la relación con el trabajo dejó de funcionar —y que esa ruptura no se arregla con vacaciones ni con un cambio de puesto si no se pregunta qué es lo que se rompió.
A veces lo que se rompió es sencillo: las condiciones cambiaron y el trabajo ya no es lo que era. Eso se puede pensar y se puede resolver —con un cambio, con una negociación, con una decisión.
Pero a veces lo que se rompió es más difícil de ver: la posición desde la que se trabajaba no era del todo propia. Se sostenía por inercia, por mandato, por miedo a lo que implicaría detenerse a preguntarse si ese era realmente el camino. Y el agotamiento es la primera señal —a veces la única— de que esa pregunta ya no se puede seguir postergando.
¿Qué dice el burnout sobre la elección vocacional?
Que muchas veces el agotamiento no llega por haber elegido mal, sino por haber sostenido demasiado tiempo una posición que no fue elegida del todo. Esa distinción importa porque cambia lo que sigue: no se trata de cambiar de trabajo, sino de preguntarse desde dónde se estaba trabajando.
Si reconocés algo de esto en lo que estás viviendo, es un buen punto de partida para trabajarlo.