Cuando no sabés si algo te gusta de verdad o solo querés que los demás te vean así
Clara -llamemosla así- se sentó frente a mí y con una expresión confusa dijo “No sé si quiero ser médica o solo quiero que los demás piensen que soy médica”. Su confesión fue de una sinceridad desarmante. Era nuestro tercer encuentro y aquello que ella repetía y sostenía desde hacía un tiempo se había puesto en cuestión. En ese momento Clara empezó a transitar su recorrido vocacional, ese camino que finalmente no es una recta, sino una trama donde la identidad propia y las expectativas ajenas se entrelazan como raíces imposibles de separar.
En su mirada había un enigma “¿es esto realmente lo que quiero?” O, en términos más lacanianos, ¿qué tan propio es el deseo cuando el “Otro” –la familia, la cultura, la sociedad– ya ha dejado sus marcas indelebles en cada uno de nosotros?
El deseo es como un río cargado de piedras y sedimentos ajenos que, en su fluir, le va dando forma a la identidad. Clara, en su búsqueda vocacional, estaba enredada en ese juego de espejos, intentando encontrar algo “auténtico” sin saber muy bien que en cada “quiero ser médica” también había algo de un “me ven como médica”. Y es aquí donde el psicoanálisis plantea una postura incómoda, pero reveladora: tal vez el deseo nunca es puro ni completamente nuestro, sino una constelación de deseos que hemos internalizado desde el Otro, ese espejo colectivo en el que construimos nuestras ilusiones de identidad. O peor aún, que no hay deseo por una “cosa”, que la “cosa” es una excusa y que el deseo sea esa fuerza, esa energía, ese movimiento que necesario para.
La idea de que la orientación vocacional no puede ser un proceso lineal significa que no sigue una secuencia sencilla o predecible. En un enfoque lineal, se espera que la persona pase por ciertas etapas definidas hasta llegar a una decisión clara sobre su vocación o carrera. Sin embargo, el camino vocacional real es más complejo y está lleno de cambios, dudas y redirecciones. Los jóvenes -todos, en realidad- enfrentan una multiplicidad de influencias y posibilidades que les obligan a redefinir sus intereses y valores en cada etapa de su vida.
Hay una presión que opera sobre la elección vocacional y que casi nunca se nombra: la de elegir en función de lo que el mundo laboral va a pedir. Elegir lo que tiene salida, lo que va a crecer, lo que va a ser relevante en diez años. Esa presión no es irracional — el mundo cambia y las profesiones cambian con él. Pero hay algo que no cambia: la pregunta de Clara. Porque si lo que elegís no resuena con algo propio, no importa cuánta demanda tenga en el mercado. Lo que elegís va a seguir sintiéndose ajeno. La orientación vocacional no ignora el mundo laboral — pero tampoco le delega la decisión. La pregunta no es solo qué tiene futuro. Es qué futuro querés vos.
La adaptación crítica implica que cada persona se sienta capaz de cuestionar y negociar su rol en el mundo laboral, que Clara pueda decidir -por ejemplo- si quiere comprometerse con una profesión de médica porque resuena con sus valores y no solo porque se lo exige su entorno. Porque más allá de ser médica, la pregunta fundamental será qué tipo de médica quiere ser, qué valores quiere honrar y qué impacto quiere dejar en quienes la rodeaban.
En el fondo, la orientación vocacional es una herramienta para construir una identidad en un mundo donde la identidad misma es un terreno movedizo, donde la adaptación es una habilidad esencial. Clara, sin saberlo, no buscaba “descubrir” su vocación en sentido clásico, sino aprender a sostener la pregunta. Porque, al final, el deseo no es algo que se encuentre, sino una construcción hecha de preguntas y vacilaciones, de renuncias y de pequeños saltos de fe.