La demanda vocacional en el discurso capitalista: cuando el consultante quiere saber "qué es lo suyo"
Por qué la demanda de certeza vocacional no es una pregunta — y qué hace el orientador con eso
La frase "quiero saber qué es lo mío" aparece en casi todas las primeras consultas vocacionales. No es una pregunta sobre el futuro — es una demanda de completud. El consultante no quiere atravesar la incertidumbre de elegir: quiere que alguien le diga cuál es la respuesta correcta. Entender esa demanda desde el discurso capitalista — y no responderla en sus propios términos — es una de las tareas más precisas de la clínica vocacional.
Hay una frase que aparece, con leves variaciones, en casi todas las primeras consultas. A veces la trae un adolescente recién egresado del secundario, a veces un adulto que lleva años en una carrera que siente ajena. La frase es esta: quiero saber qué es lo mío.
Parece simple. Parece razonable. Y sin embargo, si uno la escucha con atención analítica, hay algo en ella que no cierra. No es solo una pregunta sobre el futuro o sobre las preferencias. Es una demanda de completud. La promesa implícita es que existe, en algún lugar, una respuesta que encaje perfectamente: una carrera, una profesión, una vocación que sea exactamente lo que falta. Que llene. Que arme, de una vez, un circuito sin resto.
Esta demanda no es nueva, pero tiene hoy una forma particular que vale la pena examinar. Porque el contexto en el que aparece no es neutral: es el del discurso capitalista, y ese contexto la moldea de maneras que afectan directamente nuestra práctica.
El discurso capitalista y la promesa del objeto perfecto
Jacques Lacan observó algo sobre el capitalismo que va más allá de la economía: que produce una forma particular de lazo entre los sujetos y los objetos. En los vínculos humanos "tradicionales" —incluso en los más asimétricos, como el del amo y el esclavo— siempre quedaba algo sin resolver. El esclavo trabajaba, producía, pero algo de lo producido no terminaba de volver al amo. Había un resto, una pérdida estructural. Y esa pérdida, paradójicamente, era lo que mantenía el deseo en movimiento: se seguía buscando porque nunca se llegaba del todo.
El capitalismo hace algo diferente. Se organiza para que no haya resto. Para que cada deseo encuentre su objeto, y ese objeto esté disponible, sea accesible, tenga precio. La promesa implícita es que el circuito puede cerrarse: buscás, encontrás, obtenés, quedás satisfecho. Y si no quedaste satisfecho, es porque todavía no encontraste el objeto correcto —pero existe, y el mercado te lo va a ofrecer.
El problema es que el objeto que el mercado ofrece no es el objeto que el deseo busca. Lo que el deseo busca —lo que Lacan llama el objeto a, causa del deseo— no es apropiable, no es empaquetable, no se puede vender. Es aquello que se pierde en el mismo origen del sujeto como sujeto. No hay carrera que lo restituya, así como no hay pecho que devuelva al infante lo que se perdió en la separación.
Pero el discurso capitalista hace exactamente esa promesa: que el objeto existe, que es alcanzable, y que cuando lo tengas vas a saber que era lo tuyo.
La demanda vocacional capturada
Esto es lo que llega a nuestros consultorios en forma de quiero saber qué es lo mío.
No se trata de un pedido de acompañamiento en un proceso de elección. Se trata de una demanda de certeza, de un objeto que colme de una vez por todas. El consultante no quiere atravesar la incertidumbre de elegir —quiere que le digan cuál es la respuesta correcta. Y cuando no la encuentra en los tests, en los rankings de carreras, en los relatos inspiradores de las redes, viene a buscarla al orientador.
La forma de la demanda ya trae inscripta la lógica del discurso capitalista: hay un objeto que me falta, y vos podés dármelo.
Lo que se pierde en esa demanda es precisamente lo más valioso del proceso orientador: la pregunta. El sujeto que pregunta —que tolera no saber, que acepta la incomodidad de la indecisión como parte de algo— es un sujeto en movimiento. El sujeto que solo quiere la respuesta ya llegó con el circuito cerrado, y nuestra intervención, si la seguimos, lo confirma en esa posición.
La tentación del orientador
Aquí hay un riesgo específico para nuestra práctica, y vale la pena nombrarlo.
El discurso capitalista no solo captura al consultante: también nos captura a nosotros. Si respondemos a la demanda en sus propios términos —si ofrecemos tests, rankings, perfiles de personalidad, mapas de compatibilidad carrera-persona— estamos operando desde la misma lógica que produjo la demanda. Nos ubicamos como proveedores del objeto prometido.
No es que esas herramientas sean inútiles. El problema es la posición desde la que se ofrecen. Si el test se convierte en la respuesta —en lo que te faltaba saber de vos mismo— estamos alimentando la ilusión de que existe un circuito sin resto. Y cuando la ilusión se rompe —cuando la carrera elegida tampoco resulta ser lo suyo— el consultante vuelve a buscar el objeto siguiente, o concluye que el problema es él.
Lo que el orientador puede hacer, en cambio, es sostener la pregunta. No responderla: sostenerla. Dejar que el sujeto habite la incertidumbre el tiempo suficiente como para que algo propio aparezca ahí. Eso implica, a veces, no dar lo que se nos pide.
La falta como condición, no como problema
Hay una lectura del campo vocacional que me parece fundamental para este momento: la vocación no es algo que se descubre porque ya estaba, completo, esperando ser encontrado. La vocación es una construcción que solo puede hacerse en el movimiento, en el error, en el abandono y en el reencuentro. Supone, necesariamente, la experiencia de la falta.
El adolescente que no sabe qué quiere no está defectuoso. Está en la posición exacta desde la que puede empezar a construir algo. El problema no es la falta: el problema es cuando la falta se vive como urgencia a tapar, cuando cualquier objeto que prometa llenarla parece mejor que tolerar el no saber.
El discurso capitalista convierte la falta en síntoma a resolver. Nuestra tarea, como orientadores, es restituirle su estatuto de condición: la falta no es lo que hay que eliminar para poder elegir; es aquello desde donde la elección es posible.
Una nota final sobre el tiempo
Lacan también dice algo más sobre el discurso capitalista en esa conferencia de 1972: dice que marcha demasiado rápido. Se consume tan bien que se consume.
La velocidad es parte de la estructura. El objeto siguiente siempre está disponible antes de que el anterior haya sido verdaderamente habitado. En orientación vocacional, esto se traduce en consultantes que cambian de carrera antes de haber empezado, que abandonan antes de que algo pueda asentarse, que buscan el próximo test antes de haber procesado el anterior.
Sostener el proceso orientador hoy implica, entre otras cosas, sostener un tiempo diferente. No el tiempo del mercado —que siempre tiene una respuesta disponible— sino el tiempo necesario para que el sujeto pueda hacer algo con su propia pregunta.
Ese es, quizás, el acto más político que puede hacer un orientador en este momento.
La posición clínica frente a la demanda vocacional — sostener la pregunta en lugar de responderla — es el eje que organiza Orientación vocacional en consulta: los ejes clínicos.