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"Estoy perdiendo el tiempo": lo que dicen los números sobre empezar tarde

Actualidad hace 1 hora

En Argentina, dos de cada tres personas que empiezan una carrera universitaria tienen 20 años o más. El miedo a "perder el tiempo" rara vez tiene que ver con el calendario.

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El miedo a "perder el tiempo" rara vez tiene que ver con el calendario. Tiene que ver con pedirle al presente una respuesta que, por estructura, solo el futuro puede dar. En Argentina, dos de cada tres personas que empiezan una carrera universitaria tienen 20 años o más.

Lo que muestran los números

Según la última Síntesis de Información Estadísticas Universitarias, en 2023 se inscribieron por primera vez en una carrera 760.051 personas, y solo el 33,7% tenía menos de 20 años. El recorrido que solemos imaginar como normal —terminar el secundario, entrar a los dieciocho a la carrera correcta, recibirse en cinco años— es, en los números, minoría. Lo habitual es empezar más tarde, probar, cambiar, interrumpir, volver a empezar.

Ese dato, por sí solo, no calma a nadie. Vale la pena preguntarse por qué.

Valentina tiene 33 años y dejó abogacía a mitad de camino, hace cinco. Desde entonces intentó anotarse en otras dos cosas —un profesorado, un curso técnico— y las dos veces se frenó antes de inscribirse. La razón que da, siempre la misma: "no quiero perder más tiempo". Como si esa frase explicara algo, cuando en rigor no explica nada: no dice tiempo perdido respecto de qué, ni por qué el tiempo es lo que siente perdido y no el dinero, o nuestra imagen respecto de qué van a pensar, o cualquier otra cosa. Es el tiempo la moneda exacta en la que se paga este miedo particular. Es una frase que se repite igual en una consultante de 19 años que en una de 40, casi sin variación, lo cual es en sí mismo un dato: cuando una frase es tan estable, probablemente esté diciendo más sobre su forma que sobre lo que nombra.

La trampa lógica de "perder el tiempo"

Hay algo en la estructura misma de "perder el tiempo" que vale la pena mirar de cerca, porque tiene una trampa lógica escondida. Para saber si dos años sin arrancar nada nuevo fueron, efectivamente, tiempo perdido, haría falta poder evaluarlos desde algún lugar. El problema es que ese lugar no existe todavía en el momento en que el miedo aprieta. No es que falte información para hacer la cuenta: es que la cuenta, por estructura, no se puede cerrar en presente.

Nachträglichkeit: por qué el sentido se escribe después

Freud le puso nombre a este mecanismo hace más de un siglo, con una palabra que no tiene traducción exacta al español: Nachträglichkeit, algo así como "efecto retroactivo" o "resignificación a posteriori". La idea es que un hecho no llega con un sentido fijo y definitivo en el momento en que ocurre. Su sentido se termina de escribir después, cuando algo posterior lo ilumina desde un ángulo distinto. Lacan retomó esta idea y la volvió central en su manera de pensar el tiempo del sujeto: nunca se sabe del todo, en el momento, qué fue lo que pasó. Recién se sabe —y ni siquiera de manera definitiva, porque esa lectura puede volver a cambiar más adelante— cuando lo que vino después arroja luz sobre eso.

¿Cómo se sabe si un tiempo sin estudiar ni trabajar en algo fue tiempo perdido?

No hay manera de responder esa pregunta ahora, y no por falta de honestidad o de coraje para asumirlo. Es que la respuesta todavía no existe: se va a escribir con lo que pase después, y ni siquiera entonces va a quedar cerrada para siempre. Esos dos años pueden terminar leyéndose como el tiempo que hizo falta para animarse a algo distinto, o como una demora sin más —pero esa lectura depende de lo que todavía no pasó.

Qué cambia cuando se deja de pedirle una garantía al presente

Con esto, "no quiero perder el tiempo" empieza a sonar distinto de lo que parecía. No es solamente miedo al desperdicio: es una demanda imposible, la de pedirle al presente una garantía que por estructura no puede dar. Es prima hermana de otro pedido igual de imposible, el de una fórmula que garantice de antemano que la elección va a salir bien —sobre esa falta de garantías escribí en No sé qué estudiar: por qué elegir carrera es tan difícil—, pero entra por la puerta del tiempo en lugar de la puerta de la certeza.

Y acá el dato estadístico con el que arrancó este artículo se vuelve, sin proponérselo, una prueba bastante elegante de todo esto. Si dos de cada tres personas empiezan una carrera después de los veinte, lo que muestra ese número no es tanto que "la edad no importa" —una lectura tranquilizadora, pero un poco chata— sino algo más preciso: que la mayoría atraviesa tramos que en su momento se sintieron como demora, y que solo mucho después, mirados en conjunto, se resignifican como el recorrido normal de casi todo el mundo. Lo que a los diecinueve años se vive como "estoy perdiendo el tiempo" es, contado en números y a la distancia, simplemente cómo es el camino para la mayoría.

Esto no vuelve más fácil la espera, ni apura nada. Pero cambia la pregunta que vale la pena hacerse cuando aparece ese miedo tan repetido y tan poco explicativo. No es "cuánto tiempo perdí" —una cuenta que, como vimos, no se puede cerrar todavía—, sino algo más abierto: qué es lo que ese tramo, tal como se lo está contando hoy, todavía no terminó de significar. Esa pregunta sí tiene sentido hacerla en presente, y suele ser, además, una de las que más rinden en un espacio de análisis.

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