Psicoanálisis online

Duelo migratorio: cuando la decepción no es del país sino del ideal que uno llevó consigo

hace 2 horas

Cuando el malestar después de emigrar salta de un reclamo a otro sin encontrar dónde asentarse, puede estar señalando algo más antiguo que el país nuevo.

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El duelo migratorio no siempre tiene que ver con haber elegido mal el país. En muchos casos, el malestar que aparece meses después de emigrar señala algo anterior a la decisión misma: la imagen que uno construyó de sí mismo llegando, instalado, resuelto —lo que el psicoanálisis llama el ideal del yo— que el país nuevo no puede sostener porque ningún país puede. Cuando la decepción salta de un objeto a otro sin quedarse quieta, vale preguntarse qué función se le había pedido a esa migración antes de convertirse en un destino concreto.

A los cuatro meses de haberse instalado, Ana ya tenía una lista. El sistema de salud, que la había hecho esperar seis semanas por un turno para algo que en su país resolvía en dos días. El sueldo, que en el conversor de moneda parecía generoso y que, hecho el cálculo real de alquiler y gastos, apenas alcanzaba. Los compañeros de trabajo, correctos pero distantes, que la saludaban por el nombre sin preguntarle nunca cómo estaba. Cada reclamo, tomado por separado, era legítimo y verificable. Pero había algo en el modo en que Ana los enumeraba —uno atrás de otro, sin pausa, como si cada nuevo dato confirmara algo que ya sabía— que hacía sospechar que no se trataba de tres problemas distintos, sino de una misma pregunta buscando dónde alojarse.

El ideal del yo y la imagen que precede al viaje

Antes de partir, ese país no era todavía calles, trámites ni vecinos. Era una imagen. Se había armado con lo que contaban otros que ya se habían ido, con publicaciones de redes cuidadosamente elegidas, con la comparación constante contra todo lo que en su país de origen no funcionaba. El psicoanálisis tiene un nombre preciso para esa imagen con la que uno se identifica de antemano, la figura que uno aspira a encarnar: el ideal del yo. No es lo mismo que el deseo. El ideal es la foto que uno arma de sí mismo llegando, instalado, resuelto; el deseo es otra cosa, más esquiva, que empuja a moverse sin necesariamente coincidir con esa foto. Se puede migrar sostenido casi enteramente por el ideal —la vida que "por fin" iba a andar bien— sin haber tramitado del todo qué es lo que a uno lo movía a irse.

Cuando ese ideal empieza a mostrar sus grietas, lo que se resquebraja no es solamente la evaluación objetiva del país nuevo. Es el piso desde el cual la partida se había vuelto soportable. Por eso el duelo migratorio rara vez se queda quieto en un solo objeto: migra él también, de la salud al sueldo, del sueldo al trato social, buscando un lugar donde depositar algo que en el fondo no tiene que ver con ningún dato en particular, sino con la comprobación repetida de que ese país no puede ser lo que se le había pedido que fuera.

Por qué la crisis de adaptación tarda en aparecer y después llega todo junto

Hay un mecanismo, bastante estudiado en la clínica con migrantes, que ayuda a entender por qué el malestar después de emigrar tarda en aparecer y después llega todo junto: al principio suele haber una idealización casi automática de lo nuevo, acompañada del descarte de todo lo dejado atrás —como si el país de origen hubiera sido solamente eso de lo que había que escapar. Es una forma de sostener la decisión tomada, de no tener que dudar mientras se atraviesan los primeros meses, que suelen ser los más duros en términos prácticos. El problema es que esa idealización, tarde o temprano, choca con la vida cotidiana, que no perdona: un trámite mal resuelto, un compañero de trabajo que no responde como se esperaba, un síntoma físico que aparece sin causa clara. Ahí es cuando lo idealizado empieza a mostrar el reverso, y lo que antes se vivía como pura promesa se empieza a leer como pura decepción. Los dos extremos —todo bien, todo mal— son formas de no tener que sostener la pregunta más incómoda: qué fue lo que realmente se buscó al irse, más allá de lo que se suponía que había que buscar.

La pregunta detrás del reclamo

Porque ahí está el punto que vale la pena no pasar por alto: la pregunta que empieza a asomar detrás del reclamo puntual no es "¿elegí bien el país?", sino algo más cercano a "¿esto que estoy viviendo lo elegí yo, o elegí lo que se suponía que tenía que querer?". No es una pregunta cómoda, y no tiene una respuesta que se resuelva comparando sistemas de salud entre países. Tiene que ver con revisar qué lugar ocupaba ese país en la propia historia —qué prometía tapar, qué esperaba resolver— antes de convertirse en el lugar donde efectivamente se vive.

Ningún país, elegido o de origen, puede sostener del todo la función que a veces se le pide: la de ser el lugar donde por fin nada falte. Cuando esa función empieza a fallar —y siempre termina fallando, en algún punto— no es necesariamente el signo de una mala decisión. Puede ser, más bien, el momento en que se abre la posibilidad de preguntarse qué había detrás de esa promesa y qué hacer ahora, con eso, en lo que queda de la vida que se está construyendo.

Si reconocés algo de esto en lo que estás viviendo, ese reconocimiento ya es un punto de partida. No para decidir si irse fue un acierto o un error, sino para escuchar qué otra cosa se estaba jugando en esa decisión.

Trabajo en psicoanálisis online con hispanohablantes en distintos países. Si querés conversar, la primera entrevista es gratuita.

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