Psicoanálisis online

¿Juntarte con compatriotas dificulta la adaptación? Depende de una sola cosa

hace 2 horas

En casi todos los grupos de migrantes circula esa pregunta. El problema es que tal como se plantea, casi nunca tiene una respuesta útil.

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Juntarse con compatriotas no frena la adaptación del migrante por definición, del mismo modo que evitarlos no la garantiza. La misma conducta puede estar funcionando de maneras completamente opuestas según la persona: como refugio que evita tramitar lo nuevo, o como base de operaciones desde la cual animarse a construirlo. La diferencia no se ve por fuera. Lo que cambia todo es para qué está funcionando ese vínculo en cada caso particular.

Julieta llegó a España hace seis años y todavía hace veinte minutos de más en auto, una vez por semana, para comprar en el único almacén que trae la yerba que tomaba en su casa; el dueño la conoce por el nombre y le guarda paquetes cuando escasean. Tiene, además, un grupo de WhatsApp con otras seis mujeres del mismo pueblo, disperso entre tres países, donde se mandan audios largos contándose lo que pasó en la semana como si nunca se hubieran ido. En el mismo grupo de Facebook donde cuenta esto, alguien le responde que eso "no ayuda a adaptarse", que mientras siga tan pendiente de lo de allá nunca va a hacer pie del todo acá. Otra persona, en cambio, cuenta lo opuesto con el mismo tono de certeza: apenas llegó, cambió la configuración de idioma de todos sus dispositivos, dejó de seguir las noticias de su país porque "le hacían mal" y se propuso que su primer círculo de amigos fuera enteramente local. Siente que fue lo que le permitió "integrarse de verdad". Las dos publicaciones suman decenas de comentarios, cada uno convencido de que su camino es el correcto y el otro un error.

Por qué la discusión sobre compatriotas y adaptación casi nunca llega a ningún lado

La discusión, tal como está planteada, asume que existe una conducta correcta en sí misma: juntarse con compatriotas sería malo, o sería bueno; evitarlos sería sano, o sería una fuga. Pero esa manera de plantearlo confunde dos cosas que conviene separar: lo que alguien hace, y para qué lo hace. La misma conducta puede estar funcionando de maneras completamente opuestas según la persona, y esa diferencia no se ve por fuera.

La misma conducta, dos funciones distintas

Juntarse con compatriotas puede ser, en algunos casos, un refugio que evita el trabajo de vincularse con lo nuevo: un mundo en miniatura donde todo suena, sabe y funciona como antes, que permite no tener que tramitar nada de lo que se dejó atrás. Ahí, cuanto más tiempo pasa, menos contacto real hay con el lugar donde efectivamente se está viviendo. Pero la misma conducta puede tener una función completamente distinta: ser el sostén desde el cual alguien, en los primeros tiempos difíciles, junta las fuerzas necesarias para después animarse a construir vínculos nuevos. Un lugar de descanso, no de encierro. La diferencia no está en el paquete de yerba ni en el audio de WhatsApp, sino en si eso es la meta o es la base de operaciones.

Lo mismo pasa, en espejo, con quien corta todo lazo con compatriotas y se mete de lleno en lo nuevo. Puede tratarse, efectivamente, del signo de un deseo genuino: encontró algo en ese lugar —una lengua, una forma de vivir, un vínculo— que lo convoca de verdad, y ese entusiasmo no tiene nada de sospechoso. Pero también puede ser lo contrario: una huida hacia adelante que no deja tiempo ni espacio para sentir lo que se perdió, una sobreadaptación que funciona bien durante un tiempo y que después, sin previo aviso, pasa factura —un cansancio que no tiene causa clara, un cuerpo que empieza a fallar, una tristeza que aparece justo cuando "todo iba bien".

La pregunta que sí vale la pena hacerse

Esto cambia la pregunta que vale la pena hacerse, y que probablemente no tenga una respuesta rápida ni sirva para ganarle la discusión a nadie en un grupo de Facebook: no es "¿me conviene juntarme con los míos o no?", sino algo más incómodo de mirar de frente. Esto que hago —juntarme, o evitar juntarme— ¿me sirve de apoyo para construir algo nuevo, o es la forma en que evito sentir lo que perdí? Ninguna de las dos respuestas es mejor por definición. Lo que cambia todo es si uno sabe, honestamente, cuál de las dos está en juego.

Esa pregunta no siempre se puede responder solo, sobre todo cuando la urgencia de los primeros años —conseguir trabajo, resolver papeles, sostener el día a día— deja poco margen para pararse a pensarla. Es, muchas veces, uno de los temas que más vale la pena llevar a un espacio de análisis: no para que alguien diga si ese vínculo con lo de allá está bien o está mal, sino para poder distinguir, en cada caso particular, qué función está cumpliendo.

Trabajo en psicoanálisis online con hispanohablantes en distintos países. Si querés conversar, la primera entrevista es gratuita.

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