Psicoanálisis online

Lo que Messi no tradujo

hace 2 horas

Por qué después de años viviendo en otro país el acento no cambia — y qué dice eso sobre la lengua materna

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El acento con el que alguien habla no es solamente un dato fonético: es una marca de a qué lugar sigue respondiendo esa persona, esté donde esté. El caso de Messi, que después de dos décadas en España, dos años en París y cuatro en Miami nunca adoptó ni el habla catalana ni el francés ni el inglés en sus modismos cotidianos, lo muestra con claridad, porque no puede explicarse por falta de exposición ni de tiempo. Lo que se sostiene ahí no es una dificultad: es una posición.

Hernán Casciari lo describe con precisión en "La valija de Lionel" (Revista Orsai, N°8): entre los argentinos que emigraron a Barcelona en esos años había dos tipos: los que enseguida empezaron a decir "vale" y "tío", y los que se resistían a soltar el yeísmo, el mate, las palabras de siempre. Messi fue, durante quince años, el líder silencioso de ese segundo grupo. Las palabras, escribe Casciari, eran la trinchera de esa comunidad, y la lengua el espejo de su identidad.

Trinchera, no torpeza. Ahí está la clave para pensar esto de otra manera. Si sostener un modo de hablar fuera solamente cuestión de oído o de práctica, no habría nada que defender, solamente algo que a algunos les cuesta más aprender. Pero una trinchera se sostiene activamente, aunque cueste, porque cederla significa perder algo más que una costumbre.

Después de cuatro años viviendo en Miami, Messi no dice una frase en inglés en público. No en las entrevistas, no en los festejos, no en los agradecimientos. Podría interpretarse como negación —una resistencia activa a dejarse capturar por otra lengua— o como algo más simple y más profundo: que en él no hay tensión, que el rosarino es tan constitutivo que el inglés nunca tuvo dónde entrar. La diferencia entre las dos lecturas importa, porque una habla de un esfuerzo sostenido y la otra de una posición que nunca estuvo en disputa. Probablemente las dos sean verdad al mismo tiempo.

Qué es en realidad una lengua materna

Para entender qué es ese "algo más" hay que pensar qué es en realidad una lengua materna. No es simplemente el idioma con el que a alguien le resulta más cómodo comunicarse. Antes de que un chico pueda decir una palabra, ya fue nombrado, hablado, esperado en esa lengua: se decidió cómo llamarlo, con qué tono se le habló, qué se esperaba de él, todo antes de que él tuviera ninguna posibilidad de participar. La lengua de la infancia no es una herramienta que el sujeto usa desde afuera: es el material mismo con el que fue armado como quien es.

¿Por qué cuesta tanto soltar el acento, incluso para quienes lo intentan a propósito?

Porque hablar nunca es neutro: cada vez que alguien habla, está convocando a alguien —una historia, una familia, un origen— para que siga ocupando el lugar de referencia de lo que dice. Hacerlo en la lengua de siempre convoca, una y otra vez, a esa primera referencia. Adoptar por completo una lengua nueva, en cambio, implica dejar que otra historia empiece a ocupar ese lugar. No es un simple cambio de vocabulario: es un cambio de a quién, en el fondo, uno le sigue hablando.

El acento es cuerpo, no código

El psicoanálisis distingue la lengua como código —la gramática, el vocabulario, las reglas que cualquiera puede aprender— de eso que Lacan llamó lalengua: un puñado de sonidos, tonadas y giros que marcaron a un sujeto desde muy temprano y que no responden a ninguna regla, sino a una historia singular.

No es casualidad que sea justamente el acento, y no la sintaxis, lo último en soltarse: la sintaxis es código, se puede sustituir. El acento es tonada, es cuerpo, es la forma exacta en que esa lengua sonó primero. Por eso incluso quienes adoptan por completo la lengua nueva —el vocabulario, los modismos, hasta el humor local— suelen conservar, como una isla, alguna forma de decir que no cede: los números al contar rápido, un insulto en un momento de furia, un rezo, un apodo cariñoso que sigue naciendo en la lengua de antes aunque todo el resto ya haya cambiado.

Esa isla funciona como lo que en la enseñanza de Lacan se llama un rasgo unario: no hace falta sostener el idioma entero para marcar una pertenencia, alcanza con sostener ese detalle mínimo, ese resto que no se tradujo.

Hay una palabra que ayuda a pensar todo esto con más precisión: traducir. No en el sentido de pasar de un idioma a otro, sino en el sentido que el psicoanálisis le da: hacer pasar algo de un registro a otro, encontrarle un equivalente en otro sistema. Lo que no se traduce no es lo que falta o lo que sobra: es lo que no tiene equivalente posible, lo que no puede ocupar otro lugar que el que ya ocupa. El acento de Messi, en ese sentido, no es algo que no quiso traducir ni algo que no pudo. Es algo para lo que no había traducción disponible en catalán, en francés ni en inglés. Algo que quedó como resto, no porque nadie lo reclamara, sino porque no había dónde ponerlo.

Soltar el acento tampoco es traición

Por eso mantener el acento intacto durante años no debería leerse como incapacidad ni como resistencia caprichosa a integrarse. Es, muchas veces, la forma de seguir hablándole a la misma referencia de siempre, sin importar en qué país se esté parado.

Ahora bien: soltar el acento rápido tampoco es, necesariamente, lo contrario. Puede tratarse de una apuesta genuina, la de encontrar en el lugar nuevo algo que vale la pena habitar del todo. Puede ser también un alivio: hay quienes descubren que en la lengua nueva pueden decir cosas que en la propia quedaban trabadas, porque esa lengua no carga con el peso afectivo de la primera.

¿Qué significa cambiar de lengua cuando la propia cargaba algo demasiado pesado?

Funciona casi como cambiar de jurisdicción: no solo alejarse de quien juzgaba, sino de las palabras exactas con las que el juicio se pronunciaba. Ahí no se escapa de un idioma, se escapa de un modo particular en que ciertas palabras dolían.

La diferencia entre estas variantes no se nota desde afuera: la misma conducta —soltar el acento rápido— puede estar sirviendo a fines completamente distintos según la historia de cada uno. Lo mismo pasa, en espejo, con quien lo sostiene: no hay una sola razón para hacer trinchera de la lengua propia.

Lo que sí queda claro, pensándolo así, es que ni sostener ni soltar el acento son gestos menores o anecdóticos. Son, cada uno a su manera, una forma de decir a quién le sigue hablando uno, más allá de en qué país haya decidido vivir. Y esa pregunta —a quién le sigo hablando, en el fondo, cuando hablo— suele ser un buen punto de partida para pensar en análisis lo que la migración puso, sin que nadie lo pidiera, sobre la mesa.

Trabajo en psicoanálisis online con hispanohablantes en distintos países. Si querés conversar, la primera entrevista es gratuita.

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