Una de las frases más citadas fuera del consultorio — en memes, en textos post-desamor — casi siempre leída al revés.
¿Qué significa "no hay relación sexual" para Lacan?
Que no existe una fórmula que garantice de antemano una complementariedad natural entre dos términos. No hay relación escrita de antemano entre dos personas: hay lo que cada quien inventa para armar un vínculo, sin manual y sin garantías.
Hace un tiempo vi una historia de Instagram: una foto en blanco y negro, mirada perdida, y el texto "Lacan tenía razón. No hay relación sexual." Abajo, los emojis de rigor. Era post-ruptura, se notaba a la legua. Es una de las frases de Lacan que más circula fuera del consultorio —en bios, en memes, en textos post-desamor— casi siempre como si dijera: "está comprobado, el amor no funciona, mejor ni intentarlo."
Es una lectura comprensible. Cuando algo termina mal, viene bien una frase con autoridad que confirme que no había nada que hacer. Pero es exactamente la lectura contraria a la que Lacan estaba planteando.
Qué quiso decir Lacan
La frase es del Seminario 20, Aún, de 1972-73. Lo primero que hay que sacarse de encima es la palabra "sexual" tal como la usamos en el lenguaje cotidiano. Lacan no evalúa si el acto sexual "funciona" en términos de encuentro físico. Habla de algo más estructural: no existe, en el lenguaje, una fórmula que escriba de antemano cómo dos términos deberían encajar —en su formulación puntual, entre las posiciones que llama masculina y femenina. Lacan ubica esto en el registro de lo que llama lo Real: no un dato que falta y en algún momento podría llegar a completarse, sino algo estructuralmente imposible de escribir, de una vez y para siempre.
Vale aclarar que Lacan hablaba específicamente de eso: de la relación entre los sexos. Pero la lógica que sostiene la frase —que no hay fórmula previa que garantice el encaje entre dos términos— se sostiene también en cualquier vínculo que alguien arme con otro. Ahí tampoco hay complementariedad asegurada de antemano, por más que a veces se busque como si la hubiera.
Lo que el caso de Lucía muestra
Esto no es solo una idea abstracta. Lucía, treinta y siete años, llegó a análisis después de una separación que la dejó, según sus palabras, "hecha percha". La siguiente vez que empezó algo con alguien decidió hacerlo distinto: fue despacio, a propósito, evaluando durante meses cosas que la vez anterior había pasado por alto —cómo manejaba la plata, qué lugar le daba a su familia, cómo discutía cuando algo lo incomodaba. No había una lista escrita, pero funcionaba como si la hubiera: cada dato que confirmaba que esta vez sí encajaban era una tranquilidad ganada, casi merecida después de tanto cuidado.
Cuando empezaron a convivir, un año después, todo lo que había chequeado seguía siendo cierto. Y sin embargo apareció una fricción que ninguna evaluación previa había podido anticipar: no un desacuerdo de fondo, sino algo más chico y más terco —el modo en que él se quedaba callado cuando algo lo tocaba, y el modo en que ella necesitaba que ese silencio se llenara de palabras para no sentirlo como abandono. Nada de eso estaba en discusión cuando evaluaba si él era "el correcto". Lucía llegó a análisis sintiendo que algo le habían fallado, después de haber hecho, esta vez, todo bien. Lo que empezó a trabajarse no fue si se había equivocado en la elección, sino la idea misma de que elegir con más cuidado equivalía a elegir sin fricción.
¿Y si un vínculo nunca termina de sentirse del todo completo?
Puede no ser una falla del vínculo sino la forma en que efectivamente son los vínculos, incluidos los que funcionan. La expectativa de un encastre sin fricción suele venir de un modelo idealizado —a veces la imagen editada de otra pareja, a veces la promesa silenciosa que uno mismo se hace de que, esta vez, haber evaluado con más cuidado alcanza para evitar el roce— más que de una medida real de cómo es estar con alguien.
Lo que la frase no dice
Es exactamente lo contrario a una condena, aunque cueste verlo al principio. Si hubiera una relación escrita de antemano, el amor sería la ejecución de un programa: dadas ciertas condiciones, el resultado estaría garantizado. Como esa garantía no existe, lo que cada quien arma en un vínculo es exactamente eso: una invención. No la ejecución de algo que ya estaba escrito, sino una construcción singular, sin manual.
Eso tampoco es un consuelo barato tipo "el amor es lo que uno construye" —dicho así, ya suena a remera. Es más incómodo: significa que nadie tiene garantías, que ningún vínculo viene con el mecanismo de encastre resuelto de antemano, y que hay que actuar, elegir, insistir, sin ese mapa. La angustia que a veces aparece frente a un vínculo que "no cierra" del todo no es la señal de que algo salió mal. Es, casi, la condición de cualquier vínculo real.
Entonces la pregunta que deja esta frase no es "¿por qué a mí no me funciona?", sino otra: si nada venía escrito de antemano, ¿qué es lo que armaste vos, en tus vínculos, con eso que no encajaba solo?
Esa pregunta no siempre es fácil de responder en soledad, sobre todo cuando lo que hay es más una sensación difusa de que "algo no cierra" que una respuesta clara. Si querés pensarlo con otro, la primera entrevista es gratuita.