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Estadio del espejo: por qué no te ves como te sentís

hace 1 hora

Antes de poder hablar, un bebé ya se reconoce en una imagen y festeja. Lacan vio en esa escena el origen del yo, y también el de una incomodidad que nos acompaña toda la vida.

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¿Qué es el estadio del espejo según Lacan?

El estadio del espejo es, para Lacan, el momento en que un bebé de entre seis y dieciocho meses reconoce su imagen en un espejo y la celebra, aunque todavía no domina su cuerpo. Esa imagen le ofrece una unidad que el bebé aún no tiene y que, por eso mismo, le llega prestada desde afuera. De ahí la tesis central: el yo no se forma de adentro hacia afuera, sino a partir de una imagen exterior que otro confirma. Por eso nos sostiene y, a la vez, nunca termina de coincidir con lo que sentimos ser.

Cualquiera que haya trabajado por videollamada conoce la escena. En los primeros minutos, antes de que la reunión arranque, uno se mira. Se acomoda el pelo, corre la cámara, ajusta un gesto, y en algún momento se sorprende con una sonrisa que no sabe de quién es. Esa cara en la esquina de la pantalla es, objetivamente, la que ven todos los demás, y sin embargo rara vez se siente como propia: se parece a uno sin terminar de serlo. Lo curioso es que cuesta dejar de mirarla.

Esa pequeña extrañeza es más vieja que la tecnología. Lacan presentó por primera vez en 1936, y reelaboró en 1949, un texto breve que hoy está en sus Escritos: "El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica". Parte de algo que cualquiera puede observar. Un bebé de pocos meses, que todavía no camina y depende de los adultos para casi todo, se interesa por su imagen en el espejo. Un chimpancé, que a esa edad le gana al bebé en destreza práctica, comprueba que el reflejo es solo eso, algo vacío, y pierde el interés. El bebé, en cambio, juega con la imagen, se mueve para ver qué hace, festeja.

La alegría viene del contraste. Un bebé humano nace en un estado de inmadurez que no tiene equivalente en otros animales: tarda alrededor de un año en sostenerse y caminar, y antes de eso vive su cuerpo como algo descoordinado, hecho de partes que no responden a una voluntad única. El espejo le muestra, en cambio, una forma completa, ordenada, de una sola pieza. Es una figura que se adelanta: le promete una unidad que todavía no tiene en el cuerpo vivido. El bebé se identifica con ella, es decir, se toma por esa imagen, y a partir de ahí empieza a haber algo que puede llamarse yo.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido y que cambia todo: el bebé casi nunca está solo frente al espejo. Lo sostiene alguien en brazos, que lo mira, le sonríe y le dice algo como "ese sos vos". El bebé gira la cabeza hacia ese adulto, como buscando confirmación, y recién entonces la imagen deja de ser un fenómeno curioso para volverse la suya. La unidad que se atribuye está hecha, entonces, de dos cosas que vienen de afuera: una imagen y la palabra de otro que la avala. Mucho antes de poder hablar, ya fue hablado; sobre cómo la lengua nos constituye desde afuera escribí en Lo que Messi no tradujo.

¿Por qué la imagen del espejo nunca coincide del todo con lo que sentimos ser?

Porque la imagen ofrece algo que el cuerpo vivido no tiene: forma, control, una unidad sin fisuras. El cuerpo real se cansa, se agita, se descoordina, desea cosas que no sabe nombrar. Lacan dice que esa imagen funciona como una armadura: protege del desorden y da consistencia, pero también encierra en una forma que nadie eligió. Por eso habla de alienación, que es estar identificado con algo que viene de afuera, y de desconocimiento: para sostenerse, el yo necesita creerse más unificado de lo que es. No es un error que se corrija con más autoconocimiento. Es la manera en que el yo se arma, y explica por qué verse en una foto o en una pantalla produce a veces un leve vértigo: por un instante, la ficción se ve como tal.

Esto tiene una consecuencia que pesa en la vida adulta más de lo que parece. Como el yo se arma con la imagen de un semejante, ese semejante queda para siempre en un lugar ambiguo: es modelo y es rival a la vez. Es lo que pasa con el compañero que "ya va por tercer año", con el colega que consiguió antes lo que uno quería, con el hermano al que siempre le salieron mejor las cosas. Y suele estar detrás de muchas elecciones de carrera: antes de ser una actividad, una profesión es una imagen —el tío arquitecto, la docente que nos marcó, el profesional que aparece en las redes— con la que alguien se identifica y quiere coincidir. No hay nada de malo en empezar así. El problema aparece cuando se confunde la imagen con lo que efectivamente se haría todos los días, y la distancia entre ambas, que tarde o temprano se hace visible, se vive como un fracaso personal. Sobre cómo se cae ese ideal al encontrarse con la vida real escribí en Duelo migratorio: cuando la decepción no es del país sino del ideal que uno llevó consigo.

Volviendo a la esquina de la pantalla: esa extrañeza frente a la propia cara no es un defecto de percepción ni un problema de autoestima. Es el rastro de cómo nos armamos todos, con una imagen que nos sostiene y que, aun así, nunca nos alcanza del todo. La pregunta que queda no es cómo lograr que coincidan, sino qué imagen estamos sosteniendo, para quién, y qué parte nuestra no entra en ella. Es una pregunta que vale la pena pensar con otro, también a distancia, por videollamada.

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